Teoremas y anécdotas del poder perdido

Segunda y última parte

El desierto del ex presidente

CIUDAD DE MÉXICO, 29 de octubre.- Cuentan varios testigos que, conforme avanzaban sus periodos presidenciales, Richard Nixon se fue haciendo más desconfiado, más susceptible y más solitario. Incluso, sus diálogos con el alcohol los practicaba en el mayor aislamiento.

Tuvo, sin embargo, la ocurrente costumbre de platicar por las noches, vaso en mano, con los retratos de los ex presidentes que adornan los muros de la mansión presidencial. De entre ellos, sus predilectos fueron Lincoln, los dos Roosevelt, su jefe Eisenhower y su eterno rival, John Kennedy.

El caso es que, allá como acá, el ejercicio de la Presidencia puede llegar a perturbar la conciencia, por lo menos en tres sentidos. En el del aislamiento, con la consecuente soledad. En el de la desconfianza, con la inevitable temerosidad. Y en el de la incomprensión, con la natural irritabilidad.

Todo ello proviene de un poder excesivamente dosificado por las circunstancias. Ello produce, en primer lugar, que el Presidente se considere único, y la verdad es que no se puede negar que lo es. A partir de allí es fácil que considere que no piensa, ni habla ni siente ni actúa como los demás y, por lo tanto, que no es fácil ni comunicarse ni interrelacionarse ni asociarse con los demás. De su unicidad se pasa, automáticamente, a la soledad.

El aislamiento de Nixon también ha sucedido en Los Pinos. Se dice que hubo algún presidente que terminó cenando y bebiendo con el oficial de guardia: “Sírvame una, capitán, y sírvase una aunque no se la tome”.

Ese poder, además, está mal repartido según su imaginación. Ello conlleva a pensar que los desposeídos, entiéndase que todos, quieren hacerse de una parte, aunque fuera mínima, de su poder. En ese proceso se instala la desconfianza y aun el miedo que nos producen todos aquellos que quieren quitarnos nuestras canicas.

Por último, la unicidad sumada a la propiedad produce una sensación ilimitada de potestad. No sólo se es único sino, además, omniteniente y omnipotente. Es el estadio más cercano a la deidad. Por eso López Mateos le dijo a Díaz Ordaz: “En México el Presidente tiene todas las dichas, salvo dos desgracias. Una de ellas es que todos te dicen que eres un dios. La otra es que terminan convenciéndote”.

Por ese enorme depósito de poder, ha dicho Giuseppe Amara que la Presidencia no está diseñada para la salud mental. Sin embargo, alguna deidad nos ha visto con misericordia porque hasta ahora nos damos cabal cuenta de que, si bien algunos de nuestros presidentes tuvieron sus excentricidades o sus locuacidades, ninguno le imprimió al ejercicio de su descomunal poder ni las retorceduras de la locura ni las penumbras de la maldad ni los tintes de la crueldad. Con que uno solo de ellos, tan solo uno, se hubiese extraviado habría sido suficiente para que el país entero se hubiese tiranizado, o ensangrentado, o fracturado.

Puede decirse, incluso, que muchos conservaron o recuperaron su condición de normales y de mortales para el resto de su vida. Me referiré, adelante, tan solo a algunos de los ya ausentes.

El sistema ex presidencial mexicano

Hay muchas prácticas crueles en el sistema y en el estilo político mexicano. Pero me atrevo a creer que la más despiadada consiste en la condición a la que son sometidos los ex presidentes. El asunto comienza en un episodio histórico.

La ex presidencia de Plutarco Elías Calles fue conocida como “el maximato”. Como líder indiscutible de la política mexicana, su poder era casi ilimitado teniendo sometidos, incluso, a los cuatro presidentes que lo sucedieron. Fue el último de éstos quien se rebeló contra Calles, triunfó en la disputa por el poder y, en consecuencia coherente, inauguró una era en la que el ex presidente debiera ser un fantasma sin poder, sin amigos, sin partido, sin voz, sin grupo y sin tema.

Esto llegó a ser puntualmente respetado durante el resto de la primera era presidencial priista. Pero debe tenerse en cuenta que era una regla del sistema y no una perturbación de la ingratitud del nuevo presidente para con su antecesor. Si él mismo no quería someterse porque así se lo dictaban el corazón o la hombría, el propio sistema se lo demandaba de manera exigente.

Creo que Miguel Alemán, Adolfo López Mateos, José López Portillo y Carlos Salinas de Gortari fueron particularmente amables y considerados con sus antecesores. Pero cuando fue notoria su amabilidad, la clase política se inquietaba y pedía un cambio de rumbo en el estilo y en el comedimento del presidente en turno.

Mi padre me platicaba de la atención que Alemán prestaba al ex presidente Manuel Ávila Camacho. En ese entonces, él era líder de la Cámara de Diputados y uno de los amigos más cercanos del presidente Miguel Alemán. A éste le complacía que uno de sus mejores asociados políticos mantuviera cercanía con el ex presidente, a quien Alemán le debía la gratitud de múltiples apoyos políticos durante su carrera.

El diputado alemanista y don Manuel tenían un tema común: su pasión por los caballos. Con ello solían, por lo menos una vez al mes, tener un desayuno en su hacienda La Herradura, visitar las caballerizas y realizar una cabalgata por aquellas bellas colinas, hoy convertidas en fraccionamiento.

No requerían de temas políticos, mismos que no deberían ser tratados. No hablaban de historia, terreno complicado entre un ex presidente y un confidente del presidente en turno. No abordaban el futuro, cuestión siempre vedada para quien ya concluyó su mandato. Caballos y nada más. Con ello disfrutaban desde la hora muy temprana a la que suele desayunar un militar, hasta cerca de la hora de la comida, descontando que, en ocasiones, también se le invitaba a proseguir.

De esa manera cumplían un cometido con alta finura política. Ávila Camacho se sentía atendido por un alemanista íntimo, portador de mensajes presidenciales tan discretos como un buen libro o un buen vino, y Alemán cumplía con los deberes de amistad sin contaminar los deberes de la investidura.

Salinas de Gortari tuvo mucho cuidado con algo que preocupaba a Miguel de la Madrid. Éste había sido un perseguidor tenaz de los amigos íntimos de López Portillo. Había encarcelado a Díaz Serrano, a Durazo y a otros más. De tal suerte que don Miguel llegó a su final presidencial con el temor de sufrir lo mismo, máxime que muchos de sus amigos estaban enemistados con Salinas.

Éste resolvió los posibles insomnios de su antecesor con una finura insuperable. Designó como procurador de la República a un cercano amigo de De la Madrid. Le encargó que estuviera pendiente de él. Que lo visitara una vez por semana. Que comiera con él cuantas veces quisiera el ex presidente. Y que, si se le contraponían las citas que tenía con De la Madrid con las que tenía con el presidente, atendiera al ex presidente y a Los Pinos le mandara un subprocurador. Pero que jamás le cancelara algo a Miguel de la Madrid. Alguna vez, don Henry tuvo que abandonar a Salinas en gira extranjera para venir a comer a la Casa del León Rojo, donde había sido requerido.

De estos dos episodios, nadie sabe y nadie supo. El primero me lo contó mi padre y el segundo, mi ex jefe, Enrique Álvarez del Castillo.

Otros presidentes fueron más transparentes en su buen trato hacia el antecesor y su franqueza les acarreó el rezongo de la clase política.

Un caso fue el de Adolfo López Mateos, quien tuvo muchas atenciones para con Adolfo Ruiz Cortines, incluyendo que seis integrantes de su gabinete habían sido colaboradores de su antecesor. Los políticos inventaron el sarcástico chiste de llamar a la casa privada del ex presidente “los pinitos”. López Mateos registró el mensaje de la guasa y corrigió los rumbos de una manera elegante. A todos los siete ex presidentes que entonces vivían los invitó a cargos públicos como si fuera un consejo de ex presidentes. Siendo atento con todos ya no lo tacharían de obsecuente con uno de ellos.

El otro caso fue el de José López Portillo, muy caballeroso con Luis Echeverría y con los echeverristas. Empezaron las protestas. Gustavo Díaz Ordaz declaró, en una ronda de prensa, que estaba muy enfermo de la vista “porque veía dos presidentes”. López Portillo hizo declarar a un funcionario de su cercanía, Gustavo Carvajal, que quienes visitaran al ex presidente “recibirían el beso del diablo”. La amenaza presidencial fue bien entendida y bien recibida.

Pero, en sentido inverso, también han existido ejemplos notables de antipatía entre el presidente y el ex presidente. Esto es un fenómeno que nos obliga a una reflexión, aunque sea mínima y, para ello, recurriré a ejemplos anecdóticos.

Me contaron los hermanos Virgilio y Enrique Andrade que, en cierta ocasión, algún despistado le preguntó a Adolfo Ruiz Cortines quién, entre él y Miguel Alemán, era mejor político. De inmediato contestó: “Esa pregunta ni se pregunta. El licenciado Alemán es uno de los mejores políticos que ha tenido México. Tan solo comparable con Juárez o con Carranza”. Aquí ya apuntaba cierta ironía, puesto que Ruiz Cortines sentía una íntima descalificación histórica hacia esos dos próceres. Después de una breve pausa reinició. “El problema es que al licenciado Alemán lo distraen sus muchos negocios, sus muchas novias y sus muchos amigos. Yo, en cambio, como no tengo negocios ni novias ni amigos tan solo me dedico a la política tiempo completo”.

Con esto se nota la acidez de los sentimientos hacia su antecesor. Pero, de allá para acá, también los había. Cuenta Francisco Cinta, secretario último que tuvo Alemán que, en cierta ocasión, se refirió a don Adolfo como “el señor Ruiz Cortines”, por lo que Alemán le corrigió: “No, Paco. No se dice el señor Ruiz Cortines, sino el presidente Ruiz Cortines. Porque presidente sí lo fue, pero señor nunca lo ha sido”.

Y es que nos queda en claro que a Ruiz Cortines no le gustaba Alemán como a Echeverría no le gustaba Díaz Ordaz, a De la Madrid no le gustaba López Portillo y a Zedillo no le gustaba Salinas.

Lo primero que se nos ocurre es que ésas fueron ingratitudes para con quien los cobijó, los impulsó y los coronó. Pero creo que no siempre esta explicación es tan simple. A veces he pensado si no sería ingratitud sino rencor por haber recibido, de su antiguo jefe, los malos tratos o las humillaciones que, en ocasiones, los jefes propinan a sus subalternos.

Eso me explicaría la repugnancia de Echeverría hacia Díaz Ordaz. Se dice que el poblano era mordaz, cruel y hasta lépero con sus colaboradores. Pero no me explica los otros casos porque Alemán, López Portillo y Salinas fueron todo un ejemplo de caballerosidad con sus empleados y con todo el mundo.

Luego, entonces, al descartar la ingratitud y el rencor sólo me queda una hipótesis pavorosa: la envidia. Que, con su enorme inteligencia, se hayan sabido inferiores a sus predecesores y esa inferioridad les resultare insoportable. Algo de razón puede haber en esto. Se dice que Ruiz Cortines, De la Madrid y Zedillo era inferiores a Alemán, a López Portillo y a Salinas, respectivamente.

En fin, sea ingratitud, rencor o envidia, lo cierto es que caras vemos corazones no sabemos.

No es fácil el post imperium, aunque algunos supieron llevarlo bien. Miguel Alemán concluyó su gestión presidencial siendo todavía muy joven, recién cumplidos sus cincuenta años de edad. Sobrevivió treinta años como ex mandatario. Pero no terminó solo. Conservó a muchos de sus amigos de siempre y los incrementó todos los días. Y es que Miguel Alemán tenía la rara virtud de poder colocarse a la altura de las circunstancias. Lo mismo podía platicar, durante horas, con el presidente del país más poderoso del planeta que con una modesta ama de casa, con la seguridad de que a ambos les iba a prestar la misma atención por la sencilla razón de que todo le resultaba interesante. Era un humanista universal que no se limitaba ni en fronteras ni en niveles ni en reductos.

El otro fue, indiscutiblemente, Adolfo López Mateos. Él tan solo sobrevivió poco más de cuatro años a su encargo, la mitad de ellos en estado de inconsciencia. López Mateos nunca “perdió el piso” porque se esforzó en ello con una férrea voluntad.

Entre otras decisiones, nunca vivió en Los Pinos para conservar, aunque sea aferrándose a la materialidad de la casa familiar, la conciencia y la certeza de su personalísima individualidad. En su casa propia de San Jerónimo sería Adolfo hasta que muriera y, después de ello, también. En Los Pinos, al cabo casa ajena, sería otra cosa, desde luego transitoria y también impersonal.

Por eso comía casi a diario en el restaurante. Por eso manejaba dos veces al día su automóvil propio. Por eso le gustaba regalar sus cosas y no las del erario: sus mancuernillas, sus plumas, sus relojes, sus pitilleras y sus encendedores, que se convertían en prendas invaluables para el obsequiado, aunque llevaran las iniciales de quien las regalaba.

Me contaba Humberto Romero que, cierto día, ya como ex presidente y ya muy avanzado su deterioro físico, llevó a López Mateos al estadio de futbol. Ocuparon unos buenos lugares, aunque nada extraordinario. La importancia del encuentro hizo que asistiera el presidente Díaz Ordaz, quien se encontraba en el palco presidencial.

Es el caso que el locutor oficial anunció la presencia de Díaz Ordaz, a lo que el público respondió con una fuerte rechifla. Acto seguido mencionó la presencia del ex presidente López Mateos y todo el público se puso de pie para aplaudirlo durante largo tiempo. Cuando terminó la ovación, López Mateos le susurró a Romero: “Caray, Humberto, qué enorme daño me hice al venir”.

Qué bien conocía a su sucesor. Esto lo dejé al final no por olvido sino por claridad. A Díaz Ordaz no le gustaba López Mateos. No creo que por ingratitud ni por rencor. Me queda en claro que por envidia. Díaz Ordaz era muy inferior a López Mateos y, por si fuera poco, no soportaba que el pueblo venerara al mexiquense y lo odiara a él.

Díaz Ordaz, por cierto, fue un ex presidente muy atormentado. El odio de su pueblo, el juicio de la historia y los fantasmas de su mente siempre lo persiguieron hasta en los sueños. Se dice que mucho se acercó a las fronteras de la locura. No sé si esto sea cierto, pero no dudo que vivió en los terrenos de la infelicidad. Creo que vio a su propia muerte, muy anunciada por el cáncer, como un alivio.

Luis Echeverría ha vivido en la soledad y hasta perseguido judicialmente. Creo que muy injustamente perseguido, muy acosado. López Portillo, ya lo dijimos, sufrió el encarcelamiento de sus amigos, y Carlos Salinas, el de su hermano Raúl.

Todos esos y muchos más son casos resueltos y cerrados por la historia. Pero hay uno que llama mucho mi extrañeza. Ernesto Zedillo sigue enfrentando un proceso histórico que no ha terminado y al que no se le adivina fin.

La historia ha resuelto su veredicto, condenatorio o laudatorio, sobre todos los ex presidentes. Los mexicanos han ratificado su admiración por López Mateos y, con la misma firmeza, han emitido su desprecio por Díaz Ordaz. Todos los demás han recibido sentencia firme, buena o mala. Pero Zedillo sigue con la causa abierta. Para algunos, un paladín de la democracia. Para otros un traidor a su partido y a sus amigos.

Si de infidelidad al partido se trata, yo soy de los que lo condenaría. Si de deslealtad amistosa es el asunto, pregúntesele de esto a Carlos Salinas y a Francisco Labastida y ellos nos dirán quién es Ernesto Zedillo.

Hay un caso que dejé para el final: Vicente Fox. Creo que es el ex presidente más feliz que hemos conocido. Ello le da algo de razón a mis teoremas. Fox fue el presidente más inconsciente que ha tenido México. No sabía lo que era y, por eso, nunca sufrió.

En fin, a pesar de todo, quizá Luis Spota no tenía toda la razón. Los ex presidentes no están solos sino acompañados. Alemán terminó acompañado por sus amigos; Ruiz Cortines, por sus rencores; López Mateos, por sus afectos; Díaz Ordaz, por sus fantasmas; Echeverría, por sus abogados; López Portillo, por sus amores; De la Madrid, por sus recuerdos; Salinas, por sus ilusiones; Zedillo, por sus intereses; y Fox, por su esposa.

Tenían razón los romanos. Sic transit gloria mundi… Y qué efímera es la gloria.

*Abogado y político.
Presidente de la Academia Nacional, A.C.

HYPERLINK “mailto:w989298@prodigy.net.mx”
w989298@prodigy.net.mx

twitter: @jeromeroapis

p-89EKCgBk8MZdE.gif

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: