La comida cara

CIUDAD DE MÉXICO, 1 de octubre.- “¿Huevos revueltos? No, mejor tráigame caviar…”

Agosto y septiembre serán recordados como los meses en que el huevo, una de las proteínas más abundantes y baratas en la dieta nacional, casi fue desaparecida o desplazada por otras opciones. Y es que un producto que podía conseguirse a poco más a 20 pesos por kilo a principio de año, rompió la barrera de los 40 a finales de agosto.

Por supuesto, las maneras de resolver el problema fueron de lo más variada: desde tratar de subestimarlo contando chistes (“-¿Huevos Revueltos? -No, mejor tráigame caviar que está más barato…”; “-¿Cómo va a querer sus huevos el señor?”

–A seis meses sin intereses…”), pidiendo a la población que deje de comer huevo – declaración del Secretario de Economía, Bruno Ferrari-, elevando los precios, generando desabasto, ofreciéndolo barato en ciertas colonias populares (como lo hizo el Gobierno del Distrito Federal) para, eventualmente, permitir una libre importación del producto, como al final operó la secretaría de Economía.

Por supuesto, el dilema es uno de los pocos aspectos técnico-ideológicos en los debates políticos en nuestro país.

Muchos otros temas se toman unas posiciones en los discursos y otras en la práctica, o se pregonan cosas que en realidad no se atreven a hacer.

Pero en este tipo de temas, está claro que hay posiciones enfrentadas. Una solución era una de mercado: si se reduce la oferta, el precio aumenta, lo que a su vez reduce la demanda hasta que se establece nuevamente un equilibrio.

Si la ganancia es alta, más personas tratarán de ofrecer el producto, elevando la oferta, reduciendo el precio y estimulando la demanda, hasta que se construye un segundo equilibrio, tal vez a un precio mayor que el original, pero estable.

Una segunda solución es la de intervención: perseguir a quien quiera subir el precio, acusar a los acaparadores, vender barato –sea con una tarjeta de racionamiento o con abasto directo a consumidores pobres- y asegurarse que el precio original se mantenga, a pesar de crear desabasto y mercado negro. En los camiones que el GDF ofrecía el huevo a 20 pesos por kilo en colonias populares –con no más de dos kilos por persona- se llegaron a hacer filas de hasta seis horas.

Es decir, que las personas preferían esperar seis horas en la fila con tal de ahorrar 20 pesos en el huevo; esto nos da un estimado de 3.30 pesos de ahorro por cada hora de espera. Por supuesto, a pesar de ello no todos alcanzaban, y el desabasto y la molestia continuaban.

¿Cómo resolver el desabasto?

El debate no ha sido nuevo: en la Grecia antigua, Tales de Mileto observó que vendría un año particularmente abundante en cosecha de olivo, y poco a poco fue comprando todos y cada uno de los molinos y prensas disponibles. Al momento de cosechar, sólo Tales tenía la maquinaria para extraer el aceite, por lo que su monopolio le dio ganancias abundantes.

Con ello hizo un fondo para pagar sus investigaciones, donó buena parte a los pobres y a obras públicas, y destinó parte de sus estudios a hablar en contra de los monopolios, los que había demostrado que eran perjudiciales para la economía.

Por supuesto que para quien estuviera avezado en el tema, la falta de huevo no era algo impredecible: la fiebre aviar obligó a matar a buena parte de las gallinas del país, particularmente en estados del Bajío, como Jalisco. Para darnos una idea, hay más gallinas que personas en México (unos 130 millones de piezas).

La enfermedad obligó a sacrificar a cinco millones de aves, un 3.8% del total, pero de ellos, casi la mitad ocurrió en Jalisco. Parte de la producción de huevo no se pudo distribuir por el riesgo de contagio. Total, que la enfermedad en las gallinas trastocó el precio en el huevo tres meses después de su pico. Adicionalmente, coincidió con un aumento del 25% en el precio de ciertos granos.

Parte del problema, sin duda, es la generación artificial de escases: si pocas bodegas de la Central de Abasto de la Ciudad de México controlan buena parte de su distribución en la capital, es posible limitar su venta y subir el precio. Si a su vez este mercado es referente para todo el país, un aumento aquí eleva el precio en el resto.

ASERCA (Apoyo y Servicios a la Comercialización Agropecuaria) reportó en la tercera semana de septiembre que el huevo más barato al mayoreo se conseguía en Aguascalientes (23 pesos/kilo), en Tamaulipas se tenía récord (33 pesos), en tanto que el DF estaba intermedio (27.50 pesos). ¿Cómo es posible tener una variación de más de 40% en el mismo producto en el país?

Sin duda una tentación de la autoridad sería fijar un precio de referencia único. ¿Qué pasaría? Si fijan el de Aguascalientes, tendríamos desabasto en casi todo el territorio. Si fijan el de Tamaulipas, habría una caída en las ventas de hasta 40%, o del bienestar de los consumidores.

Si fijan el del DF, habría desabasto en algunos mercados y exceso de inventarios en otros, pero en promedio estaría bien.

Sin embargo, en la práctica no se requiere un precio de referencia único.

La teoría dice que si se pueden ganar 10 pesos de diferencia entre Aguascalientes y Tamaulipas, conviene comprar en el primero y vender en el segundo.

La pregunta es, ¿qué volumen es necesario para que, pagando el flete, aún sea negocio? Porque si un viaje entre ambas ciudades cuesta tres mil pesos, se requiere la utilidad de 300 kilos sólo para pagar el transporte, y no habría ganancia si se vende menos que eso.

Pero si el flete cuesta 30 mil pesos, tres toneladas habría que desplazar sólo para recuperar este costo. Sin embargo, si se pudieran desplazar y vender 40 toneladas, una utilidad superior a los 390 mil pesos ya ameritan hacer ese y otros gastos.

El punto es que los desequilibrios en los mercados suelen durar poco tiempo y gana más quien primero los detecta y se mueve, como lo hizo Tales de Mileto en la Grecia Antigua.

Claro que esto es más obvio entre mejor información se tenga: así, el Blue Book o Libro Azul, que es una guía para los comerciantes agropecuarios en Estados Unidos que se ha publicado cada trimestre desde 1901, y hoy permite tener resultados en “tiempo real” en línea.

En contraste, ASERCA se creó en México en 1991 y el Sistema Nacional de Información e Integración de Mercados SNIIM empezó a integrar información semanal unos diez años después.

En mercados como los agropecuarios, hay una dificultad clara: la producción no puede ajustarse rápidamente. Un ciclo de cosecha puede tardarse hasta 20 años – como en el nogal-, 18 meses –como en la caña de azúcar recién plantada-, 12 meses –como muchos productos agropecuarios, frutas o granos-, pero la flexibilidad es escasa.

No puede hacerse que los arrozales entreguen arroz más rápido, las gallinas pongan más huevos, o que tarden menos en pasar de pollitas a gallinas ponedoras, o a que un becerro alcance el peso adecuado para su sacrificio: si, puede acelerarse mediante alimentos u hormonas, pero hay un límite natural a cuánto tiempo puede acelerarse el proceso. En otras industrias el tiempo de respuesta puede ser de semanas, o incluso de unas cuantas horas. En la agroindustria no es tan sencillo.

LO PRONOSTICÓ MALTUS

Desde que Thomas Maltus propuso en 1798 que la humanidad iba a morir de hambre, la idea tiene muchos partidarios aún hoy día. El argumento define que, puesto que la población crece geométricamente, pero la producción de alimentos lo hace aritméticamente, tarde o temprano la cantidad de personas sería mayor que los alimentos disponibles.

Aducía que parte del problema eran los apoyos que la Ley de Pobres obligaba al Estado a dar para la subsistencia de los más desamparados, lo que a su vez relajaba la moral y ayudaba a “ampliar su proliferación”.

El argumento fue revisitado por el llamado Club de Roma, en su célebre texto Los límites del crecimiento: los recursos se acabarán y la población humana debe tener un límite en cuanto a sus miembros, o agotará al planeta.

En contraste, Marx señaló que esta idea es errónea, porque el avance científico y tecnológico ayudaría a aumentar la producción de alimentos en un ritmo tal que podría aguantar el crecimiento poblacional.

Tal vez el problema es que esto incluye las variedades de alimentos genéticamente modificados, altamente productivos, resistentes a enfermedades o que pueden almacenarse más tiempo… pero patentados e incapaces de reproducirse libremente. Es decir, la biotecnología que hoy nos acompaña.

Pero si observamos las variaciones en los precios de los alimentos, lo que más influye en su elevación no es el aumento de la pobreza, sino el aumento de la riqueza. En la medida en que cada vez más habitantes de países en vías de desarrollo o incluso de potencias mundiales emergentes salen de la pobreza, incrementan su demanda por alimentos y energía. Así, si en la última década más de 325 millones de chinos y 200 millones de indios dejaron atrás la pobreza alimentaria, cada vez crece más su demanda por alimentos.

Hoy la frontera más transitada no es la de México-Estados Unidos, sino la de China y Rusia. Se considera que cada año seis millones de nómadas la cruzan en ambos sentidos (95% de ellos, indocumentados), en parte siguiendo animales de caza y pastoreo, y para aprovechar que el cambio climático ha hecho de partes del sur de Siberia, antaño cubiertas de nieve y hielo casi todo el año, praderas similares a las de los estados “granero” de Estados Unidos: templadas, planas, bien irrigadas y fértiles durante la mitad del año.

Hay ciudades que tienen una población fija de 35 mil habitantes, y una población flotante en temporada que rebasa los 700 mil. Y si, culturalmente no tienen mucho problema, porque antes que chinos o rusos, se sienten herederos de Gengis Khan y son de sangre mongola.

Si bien la fluctuación del huevo puso una alerta reciente sobre precios y productividad en el campo, distamos de estar en los picos de cambios de precios: según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, FAO (por sus siglas en inglés), los índices de precios de los alimentos se encuentran por debajo de lo observado en 2011 hasta en 11 por ciento, y recién rebasaron lo ocurrido en 2008. Y sí, sequías en Estados Unidos y

Rusia hizo temer un despegue en los precios de los granos, que no ocurrió por la llegada de las lluvias y por la liberación de barreras a la exportación del país europeo.

En contraste, los precios de productos lácteos han caído 25 por ciento el último año, lo mismo que la carne y el azúcar. Sí, en todos estos casos se observa una estabilización, pero en todos ellos coinciden en que el fin de la sequía y una estabilización global de la demanda ha contribuido a estabilizar los precios. Esto no obsta para que existan picos estacionales: entre junio y julio, maíz y trigo subieron 25% y la soya 17% en mercados globales, para estabilizarse en niveles cercanos a los originales a principios de septiembre.

CONCLUSIÓN

En México, el huevo estuvo por las nubes un par de meses. Contribuyó lo mismo la fiebre aviar que el aumento en los precios de los granos. Ya pasó lo peor, en buena medida porque se abrieron las fronteras a la importación y a programas temporales de abasto popular.

Pero los peores aumentos de precios ocurren por el crecimiento de países como China e India, que elevan su demanda a medida que más y más personas dejan atrás la pobreza. Pero si debemos tener en cuenta que los precios fluctúan, y que lo que hemos visto en el tianguis –que la mandrina, si la hay en octubre es carísima, pero en diciembre abunda y es barata; pero el mango está por terminar su temporada- ocurre también en el mercado global de alimentos: la estacionalidad, cambios en la oferta y la demanda hacen flucutar los precios. No debemos espantarnos, ni esperar que toda la comida será siempre abundante y barata. Hay que ver qué vender a precios altos cuando el mundo quiere comprar, y que dejamos de comprar cuando no quiere vender.

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